viernes, 26 de febrero de 2010

Apto. 402



Cuando chico confundía mucho lo que era estar mojado y enojado

Claro, me acuerdo que cuando llovía mi madre llegaba del trabajo, mojada y, por su cara, enojada. Esas palabras venían siempre juntas y era muy fácil intercambiarlas. Además, me faltaba mucha calle: en aquella época no sabía que la Tierra era redonda, cuando pregunté qué era un avión me dijeron que eran como los ómnibus, pero con alas, y que vuelan. Me imaginé la parada del autobús allá arriba, cosa que me parecía fantástica, con anuncios publicitarios y vendedores ambulantes. Entre otras cosas, no sabía que existían otros países, de hecho no tenía idea de que mi país, era en efecto, un país.

En definitiva, y volviendo a esas expresiones, para mí eran lo mismo y me parecía un abuso de la redundancia decir que se estaba mojado y enojado a la vez. Como subir para arriba o salir para afuera.

Tiempo después supe que eran palabras con significados distintos, simplemente daba la casualidad de que la gente se enojaba cuando se mojaba, y en el peor de los escenarios, al revés.

El asunto cae en que cuando oía a mis padres discutir, mi padre le preguntaba si se había enojado, y me apresuraba a mirarla para ver si estaba mojada o enojada… pero me encontraba con su cara mojada y enojada.

No querían que hiciera amigos en mi edificio, decían que los otros niños se ensuciaban, me ensuciaban a mí y lo ensuciaban todo. La realidad es que nunca los llegaron a conocer. Sí conocían a sus padres, que según los míos, permitían que sus hijos pasaran demasiado tiempo en una plaza que quedaba cruzando el estacionamiento.

Como si no fuera suficiente, me despertaba todos los días en una casa que no era mi casa, literalmente.
El viejo Dámaso me cuidaba un par de pisos abajo, en el 203. Aparentemente, me llevaban dormido hasta allí, y me despertaba con el olor a café con leche que preparaba una de las tantas vecinas que merodeaban a lo largo de la tarde en el apartamento de aquel señor.

A los pocos días, empezaron a pedirme que le dijera abuelo, pero tanto que las señoras risueñas que andaban en la vuelta decían Dámaso para aquí, Dámaso para allá, ¡Eso no, Dámaso!, llegamos al acuerdo de que lo llamaría Abuelo Dámaso, para dejar a todos contentos.

Al principio me asustaba, aunque silenciosos, sus pasos vagos me aturdían y su balanceo hacía sonar el hielo dentro del vaso de whisky, sus palabras parecían quemarse en cada trago, pero nunca se dejaron oír…

Sólo cuando se le terminaba e iba por más, hacía una larga pausa, en la que me hablaba de la soledad de la noche y cosas que nunca entendí, pero tenía la capacidad de convertir una mera lista de supermercado en poesía.

Me decía que viviera la vida, que aprovechara cada instante.

El viejo me llevaba clandestinamente a la plaza, donde aprendí a ensuciarme de arena y tierra, a pelearme con los otros niños, a ganar, a pedir disculpas, a perder, a que si algo muestra los dientes y se mueve no se toca.

Y el whisky de las tardes se fue amainando.

Me acuerdo aquel día en la plaza, el cielo se nubló de un plateado hermoso, los pájaros desesperados volvían a sus nidos, empezó a llover.


Me asusté mucho, nunca antes había presenciado la lluvia. Abracé a mi abuelo y le rogué que nos fuéramos.

No llegó a preguntarme por qué y ya le estaba respondiendo, me voy a enojar.
Las gotas caían pesadas y grandes, cada vez más rápido, el chaparrón era inminente.
Solté a mi abuelo, caminé cuatro o cinco pasos hasta detenerme, esperando que pasara algo más, disolverme, derretirme, quemarme...
…y me tiré en el césped.

Estaba totalmente mojado.
Entonces, y recién entonces, supe que no eran sinónimos.

2 comentarios:

  1. Este es el que más me gustó de los que leí. Me pareció muy buena la exposición de la cabeza del niño.

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  2. Exelente. Te quiero de biografo.

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