Me encanta tener mi propia tormenta de bolsillo.
En la tele-feria la ofrecían comparándola con el típico ejemplo del
martillazo en el pulgar como analgésico para el dolor de cabeza.
Y era cierto.
Lo único que requería era una taza y media de agua, y te vendían la
bobina de conductor eléctrico (incluyendo el imán con garantía de por vida) a
un cincuenta por cien de descuento. El imán servía para hacer circular
corriente eléctrica en el rollo de cable. Esa corriente cargaba unas placas,
para generar el clásico campo eléctrico de las tormentas. Solo faltaba soplar,
y ¡voilá! Tenías en tu mano una suave brisa con lluvia en miniatura.
Quisieron alimentar al marketing con el simbolismo barato de recomendar
concentrar todos nuestros problemas en la mano que sostenía a la pequeña
tormenta antes de lanzarla. Porque consistía en eso, la tormenta tomaba la
energía de movimiento que liberamos al lanzarla contra, por ejemplo, la
despensa, y los granos de arroz empezaban a salir disparados al piso de la
cocina. Al principio parecía divertido y pensé que esa pequeña diversión -mejor
definida como efímera distracción- era el concepto con el que pretendían
lucrar. Pero la tormenta de bolsillo empezó a ganar fuerzas, incluyendo fideos,
garbanzos, porotos, lentejas, latas, bollones…
Cuando hubo cubierto toda la cocina, donde mi cabeza parecía el objetivo
de muchas esquirlas de vidrio, cuchillos y tenedores voladores: efectivamente,
como lo prometido, mis previas ocupaciones pasaron a segundo plano.

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